El árido Tiempo todo lo erosiona, todo lo consume en su avance brutal contra la Belleza. Más algunos guerreros valientes aún desafían su poder; confiados en la fuerza de la literatura, levantan un bastión en contra de aquel maligno devorador de la vida: William Shakespeare es uno de ellos.
Roe las garras del león, Tiempo devorador,
y haz que la tierra se nutra de tu progenie amada;
arranca del tigre feroz los afilados dientes,
y quema en su propia sangre al fénix inmortal;
alegra y entristece las estaciones en tu huida;
haz todo lo que quieras,
Tiempo de aéreos pies,
con el vasto mundo y sus efímeras dulzuras;
tan sólo un crimen te prohibo,
el más odioso:
¡Oh, nunca recorras el hermoso rostro de mi amor,
ni con tu antigua pluma traces tus líneas sobre su frente!
Sigue tu curso,
y déjalo inmaculado,
como ejemplo de belleza para los hombres que vendrán.
Y sin embargo,
vetusto Tiempo,
aunque ejercieras sobre él todas tus crueldades,
mi amor viviría siempre joven en mis versos.
Cuando caído en desgracia ante la fortuna
y ante los ojos de los hombres lloro mi condición de proscripto,
y perturbo los indiferentes cielos con mis lamentos;
cuando me contemplo a mí mismo,
y maldigo mi destino,
deseando parecerme a otras personas
más afortunadas en esperanzas;
ser tan hermoso como ellas,
y como ellas disfrutar de muchos amigos;
cuando envidio el arte de aquél,
y el poder de este otro,
descontento de lo que más placer me da;
y cuando en el fondo del pensamiento ya casi me desprecio,
de pronto,
pienso al azar en tí, y toda mi alma,
como la alondra que asciende al surgir del día,
se eleva desde la sombría tierra
y canta ante las puertas del cielo.
Porque el recuerdo de tu dulce amor me llena de riquezas,
y en esos momentos,
no cambiaría mi destino por el de un rey.
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